La inversión copernicana de las redes sociales: un análisis desde la Axiología Formal
Quiero dejar clara una cosa antes de empezar: esto no es un análisis neutral. Es una lectura con tesis. Creo que las plataformas digitales nos están haciendo algo concreto a la forma en que valoramos a las personas —empezando por nosotros mismos— y voy a usar la axiología formal de Robert Hartman para nombrar qué es ese algo con la mayor precisión que pueda. No para condenar la tecnología en bloque, sino para distinguir lo que nos enriquece de lo que nos empobrece.
La axiología formal organiza el juicio humano en tres dimensiones del valor. La dimensión intrínseca es la persona en su singularidad irrepetible: la vida, la empatía, la dignidad de cada quien por el mero hecho de ser. La dimensión extrínseca es el mundo del hacer, de la utilidad, los roles y las funciones, de lo que sirve para algo. Y la dimensión sistémica es el mundo de los conceptos, las normas, las reglas, las categorías y las ideas puras.
Aquí hay un matiz que conviene no saltarse, porque casi todo el malentendido sobre Hartman vive en él. Cuando se dice que el orden del valor es I > E > S, no se está diciendo que lo intrínseco deba mandar siempre sobre todo lo demás. Se está diciendo que cada dimensión tiene una riqueza distinta: lo intrínseco es prácticamente inagotable (una persona es un universo de propiedades), lo extrínseco es comparativo y mensurable (mejor o peor, más o menos útil), y lo sistémico es cerrado y finito (un concepto se cumple o no se cumple). Valorar sistémicamente un teorema, una ley o un reglamento no es ninguna patología: es valorar cada cosa según lo que es. El principio sano no es "lo intrínseco por encima de todo", sino valorar cada cosa conforme a su propia naturaleza.
La enfermedad aparece cuando ese ajuste se rompe. Hartman lo llama transposición: medir algo con una vara que no le corresponde. Y la transposición más grave es siempre la misma: tomar a una persona —un valor intrínseco, infinito— y medirla con la vara de lo útil o de lo conceptual. Reducir a alguien a su rendimiento. Reducirlo a una categoría. Reducirlo a una cifra.
Mi tesis es que las redes sociales son máquinas de transposición. No porque sus diseñadores sean malvados, sino porque su modelo de negocio premia exactamente eso: convertir lo intrínseco en algo medible. Y lo hacen con un movimiento que sí merece llamarse copernicano, aunque en un sentido inquietante. Copérnico nos quitó del centro: la Tierra dejó de ser el eje y pasó a girar. Las plataformas hacen algo parecido con la persona, solo que al revés de lo que cabría desear: destronan a la persona del centro de su propia valoración y ponen en ese centro a la métrica. Nosotros pasamos a orbitar el algoritmo.
1. La autovaloración secuestrada: del "soy" a la métrica
Empecemos por lo más íntimo: cómo nos valoramos a nosotros mismos.
La autoestima no es, en rigor, "un valor intrínseco". Es una autovaloración, y aquí está lo interesante: podemos valorarnos en cualquiera de las tres dimensiones. Puedo valorarme intrínsecamente (valgo porque existo, porque soy esta vida única), extrínsecamente (valgo por lo que produzco y por lo útil que resulto) o sistémicamente (valgo según una norma externa que dice cómo debería ser). El propio test de Hartman distingue con precisión cómo ordenamos esas tres miradas hacia dentro.
Lo que hacen Instagram o TikTok es empujar esa autovaloración desde el modo intrínseco hacia el modo sistémico. Cuando comparto la escena de un viaje que me ha conmovido o una cena que me importó, el momento nació en lo intrínseco: lo viví, me tocó. Pero al publicarlo, el foco se desplaza. Dejo de habitar la vivencia y empiezo a vigilar el contador: las interacciones, el alcance, la velocidad de los comentarios. El valor de mi experiencia —y, poco a poco, el valor de mí mismo— queda colgando de un baremo que no controlo.
Ese es el secuestro: mi sentido de "cuánto valgo" se externaliza a una métrica abstracta. No es que compartir esté mal. Compartir para sentirnos cerca de quien queremos es un acto profundamente humano, un encuentro entre personas. El problema no es el gesto, es la medición: cuando el like se convierte en la unidad de cuenta de la propia dignidad, hemos cambiado la vara intrínseca por la vara sistémica sin darnos cuenta.
La luz de la axiología formal: No es que el "ser" desaparezca; es que lo sometemos a un criterio que no le corresponde. La autoestima deja de brotar de la propia existencia y pasa a depender de un sistema de medida externo. Esa es la transposición: medir lo infinito —una persona— con una cifra finita.
2. La persona como recurso: la transposición extrínseca
El segundo movimiento reduce a la persona a su utilidad.
Tinder es el ejemplo más nítido, pero precisamente por eso conviene no dejarlo solo. El swipe convierte la complejidad incalculable de un ser humano —su historia, sus heridas, su manera única de estar en el mundo— en un veredicto instantáneo a partir de unas fotos y una descripción breve. Se evalúa al otro no por su singularidad, sino por su "valor de mercado" en el ecosistema de citas: su funcionalidad inmediata para satisfacer una necesidad afectiva o sexual, descartable a la misma velocidad si no cumple el estándar. El prójimo deja de ser un fin y se vuelve un recurso disponible en una interfaz optimizada para el descarte.
Pero sería deshonesto fingir que esto solo pasa en las apps de citas. La misma transposición opera en Instagram cada vez que una persona se gestiona a sí misma como marca: el yo convertido en producto, la vida como escaparate, los vínculos medidos por lo que aportan al alcance. Opera en las redes profesionales, donde valemos por nuestra empleabilidad. La lógica del "¿para qué me sirve esta persona?" no es propiedad de una plataforma; es un aire que respiramos en casi todas.
La luz de la axiología formal: Aquí el rol funcional devora la dignidad. El otro deja de ser alguien con quien conectar en su totalidad y pasa a ser algo que se usa y se descarta. Reducir a una persona a su utilidad es tratar un valor infinito como si fuera un objeto intercambiable: una de las transposiciones que más empobrece el vínculo humano.
3. La desaparición del encuentro: cuando la norma sustituye a la persona
El tercer movimiento es el más sutil, porque se disfraza de comunidad y a veces hasta de justicia.
En X y en cualquier red de conversación pública, el diseño premia lo que polariza. Y cuando lo que circula no es la persona sino la postura, ocurre algo grave: empezamos a relacionarnos con etiquetas en lugar de con seres humanos. La adscripción a un bando, a una norma comunitaria o a una identidad ideológica se antepone a la persona concreta que hay detrás de la pantalla.
Aquí quiero ser cuidadoso, porque es fácil resbalar. Existe la crítica legítima: señalar un abuso, denunciar un daño real, pedir cuentas a quien tiene poder es sano y necesario, y no es eso lo que estoy describiendo. Lo que describo es el mecanismo que aparece cuando ese impulso se ejecuta a escala, sin rostro y sin matiz: el linchamiento masivo en el que la persona ya no importa, solo importa que encarne al enemigo. Da igual el signo político del grupo. El patrón es el mismo: la norma sustituye al rostro.
Y conviene decirlo con honestidad, porque es la trampa en la que cae cualquiera que critique esto: reducir el mundo a "los buenos contra los malos" es exactamente la operación que estoy denunciando. Si para criticar la polarización yo mismo polarizo, he reproducido la enfermedad. Lo que se pierde en estas dinámicas no es un bando: es la posibilidad del encuentro. Sin cara a cara, sin cuerpo, sin la fricción real de otra presencia, la empatía se evapora y queda solo la categoría.
La luz de la axiología formal: La rigidez de estos entornos castiga la disidencia y disuelve el matiz. Cuando una etiqueta sistémica se impone sobre la persona viva, lo intrínseco queda anulado: el ser humano concreto desaparece detrás del concepto que se le ha colgado.
Ninguna plataforma cabe en una sola casilla
Si has llegado hasta aquí pensando "Instagram es lo intrínseco, Tinder lo extrínseco, X lo sistémico", quiero deshacer esa idea, porque sería demasiado cómoda y además es falsa.
La verdad es que las tres plataformas hacen las tres cosas a la vez. Instagram secuestra la autovaloración y convierte a la persona en marca. Tinder reduce a la gente a utilidad y funciona como un sistema de ranking que puntúa la deseabilidad como quien ordena un catálogo. X disuelve el encuentro y premia la exhibición del yo y mercantiliza la atención. Lo que cambia de una a otra no es la dimensión que tocan, sino dónde ponen el acento. He separado los tres movimientos para poder pensarlos, no porque vivan separados. En la práctica se enredan: una misma sesión de scroll nos mide, nos cosifica y nos despersonaliza casi en el mismo gesto.
Y, en justicia, hay que reconocer lo otro: estas herramientas también producen valor intrínseco real. El abuelo que ve crecer a su nieto a mil kilómetros. La persona aislada que encuentra a sus iguales por primera vez. La red de apoyo que se organiza en una catástrofe. La amistad que sobrevive a una mudanza. Negarlo sería tan deshonesto como ignorar el daño. La axiología no me obliga a elegir entre el "todo es maravilloso" y el "todo es tóxico": me permite afirmar las dos cosas y, aun así, señalar hacia dónde empuja la estructura cuando la dejamos a su aire. Y empuja hacia la medida, el uso y la categoría. Hacia la transposición.
Recuperar el orden del valor
¿Por qué empuja hacia ahí? En parte, por cómo se diseñan estas plataformas. Primero se construye el sistema (los algoritmos de retención, las métricas), luego se moldean las acciones que queremos repetir (el scroll, el swipe, la publicación) y solo al final aparecemos las personas, convertidas en datos demográficos y usuarios activos.
Pero cuidado, porque aquí es fácil confundirse: que algo se diseñe "de arriba abajo" no es en sí mismo la enfermedad. Una catedral, una constitución o un hospital también se piensan primero como sistema, y no por eso nos invierten los valores. El problema no es el orden en que se construye la herramienta, sino para qué está construida. Cuando el sistema se diseña para capturar nuestra atención y nuestra autovaloración, las transposiciones dejan de ser un accidente y se vuelven el producto. Esa es la diferencia: no el método de diseño, sino su finalidad.
El resultado es una especie de delegación silenciosa. Dejamos que el algoritmo decida qué merece nuestra atención, a quién consideramos valioso, cuánto valemos nosotros. Externalizamos el juicio de valor —que es lo más íntimamente humano que tenemos— a un proceso automático. Y, como toda capacidad que se deja de ejercitar, se atrofia.
Recuperar el orden del valor no significa entonces "poner lo intrínseco por encima de todo" como si fuera una jerarquía militar. Significa devolver cada cosa a su sitio, y la pregunta que lo guía es siempre la misma: ¿estoy midiendo esto con la vara que le corresponde?
- Intrínseco: ¿Estoy tratando a las personas —y a mí mismo— como fines, como vidas únicas, y no como métricas o como recursos? ¿Protejo en el entorno digital la dignidad, el estado emocional, la singularidad?
- Extrínseco: ¿Qué hábitos reales y saludables sostengo frente a la pantalla? ¿Qué acciones concretas alinean mi uso con lo que de verdad me importa?
- Sistémico: ¿Qué límites, configuraciones y estructuras pongo para que la herramienta sirva a la vida y no al revés? Lo sistémico no es el enemigo: es un buen criado y un mal amo.
Del conflicto digital al mapa interno
Lo que las redes hacen ahí fuera muestra algo que va más allá de la adicción a las pantallas: cuando una cultura pierde el ajuste del valor, las personas, las acciones y las normas empiezan a competir entre sí en lugar de ordenarse. La vida humana queda atrapada entre la aprobación, el cálculo de imagen y los marcos automáticos.
Y ese mismo desorden ocurre dentro de cada uno.
No hace falta abrir una aplicación para vivirlo. Basta mirar una decisión importante, una relación difícil, una etapa de bloqueo, una sensación de vacío. A veces sacrificamos nuestra paz por cumplir una idea rígida de lo que "deberíamos" proyectar —ahí lo sistémico se ha tragado lo intrínseco—. A veces solo atendemos a la productividad y olvidamos lo que sentimos —ahí manda lo extrínseco—. A veces nos perdemos en bucles de validación y de ideas abstractas sin habitar el presente. Son las mismas transposiciones, pero hacia dentro.
La Prueba de Valores de Hartman permite mirar esa estructura con precisión. No clasifica a la persona en una categoría fija ni la reduce a un rasgo: muestra cómo ordena lo intrínseco, lo extrínseco y lo sistémico al mirar el mundo y al mirarse a sí misma. Y comprender ese mapa interno ayuda a localizar dónde se ha torcido la vara: si estamos poniendo la imagen por encima de la vida, los resultados por encima del sentido, o las expectativas por encima de la experiencia real de quienes somos.
Desde ahí, el trabajo no consiste en colgarse una etiqueta nueva ni en cambiar de máscara. Consiste en algo más callado: volver a la presencia, al silencio, al contacto afectivo, y recuperar una forma más clara y más humana de valorar lo que tenemos delante.
Porque el orden del valor no se restaura imponiéndolo. Se restaura cuando las ideas, los códigos y los algoritmos vuelven a ponerse al servicio de la vida.