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Fusión materna: nacer a la propia vida y recuperar el valor de ser

Juan Carlos Sastre
#PsicologíaAxiológica #Hartman #AxiologíaFormal #FusiónMaterna

Para casi todas las personas, la relación con nuestra madre es el primer mapa sobre el que dibujamos quiénes somos. Es el suelo donde aprendimos qué se siente y qué no, qué se dice y qué se calla, qué merece la pena y qué no vale nada. A veces ese mapa nos sostiene toda la vida. Y a veces se vuelve tan grande que dejamos de saber dónde terminan sus miedos y dónde empiezan nuestros deseos.

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A esa vivencia la llamamos fusión materna: la sensación, muchas veces silenciosa, de seguir siendo una sola cosa con ella. No haber salido del todo. Como si aún no hubiéramos nacido a nuestra propia vida y siguiéramos habitando un útero invisible, donde su manera de ver el mundo sigue respirando por dentro sin que nos demos cuenta.

Solemos imaginarla como un asunto de madres e hijas, pero la viven igual los hijos varones: la madre es el primer vínculo de toda persona, y en cualquiera —sea hombre o mujer— ese vínculo puede crecer tanto que cueste salir de él. Por eso este texto habla de hijas e hijos por igual.

Antes de seguir, una sola cosa, porque cambia cómo se lee todo lo demás: esto no va de buscar culpables. Nuestra madre también fue una hija. También recibió, o le faltó, una mirada. A casi ninguna le dieron permiso para ser plenamente ella misma, y nadie puede dar lo que no tiene. Cuando entendemos eso, dejamos de leer esta historia como una acusación y empezamos a leerla como lo que es: algo que viene de lejos y que ahora puede empezar a cambiar.

Tres maneras de valer

Aquí quiero detenerme, porque debajo de toda esta historia hay algo que rara vez se nombra y que lo explica casi todo: la fusión materna es, en el fondo, un problema de cómo aprendimos a valer.

El filósofo Robert S. Hartman dedicó su vida a estudiar precisamente eso —cómo valoramos— y fundó lo que llamó la axiología formal, el intento de convertir el estudio de los valores en una ciencia rigurosa. Que damos valor de maneras distintas no lo descubrió él; la diferencia entre lo que vale por sí mismo y lo que vale como medio ya estaba presente en otras corrientes de pensamiento. Lo propio de Hartman fue darle a esa intuición una estructura precisa: distinguió con claridad tres dimensiones del valor, estableció un orden entre ellas y construyó una forma de medirlas. Su prueba de valores, el Perfil de Valores Hartman, no mide otra cosa: cómo de bien sabe una persona distinguir y jerarquizar estas tres maneras de valorar.

La primera es la valoración intrínseca: valorar a una persona por lo que es. Única, irrepetible, infinitamente valiosa por el solo hecho de existir, sin condición ni medida. Es el valor que dirigimos a alguien como ser humano, no como medio para nada.

La segunda es la valoración extrínseca: valorar a una persona por lo que hace o por lo que aporta. Útil, eficiente, competente, comparable, mejor o peor que otras. Es el valor de las funciones y los roles.

La tercera es la valoración sistémica: valorar a una persona según un ideal o una regla. Cómo debería ser, qué debería cumplir, qué se espera de ella. Es el valor de los conceptos, los deberes y los modelos.

Las tres son necesarias en su sitio, y en una jerarquía sana lo intrínseco va primero, después lo extrínseco y por último lo sistémico (I → E → S): primero la persona, luego lo que hace, y al final el ideal. El problema empieza cuando ese orden se invierte: cuando tratamos a una persona como una función, o la medimos contra un modelo en lugar de mirarla por lo que es. Y la fusión materna es, exactamente, esa inversión instalada desde el principio de la vida: el valor intrínseco, que debía ser incondicional, terminó dependiendo de condiciones, y un yo que debía constituirse desde dentro se quedó viviéndose desde fuera —desde el cómo me usan y el cómo debo ser.

Veámoslo por partes.

La mirada que nos faltó, o que nos pesó

Al principio, ser una sola cosa con la madre es sano y necesario. La criatura y la madre son una sola cosa, y así debe ser. En ese principio, lo que más necesitamos es una mirada concreta: la que nos dice, sin palabras, que valemos por existir. No por lo que hacemos, no por lo que damos, no por parecernos a nadie. Solo por estar aquí. Es la forma más pura de valor: incondicional, sin medida, dirigida a quienes somos y no a lo que producimos.

A veces esa mirada falta. Quizá nuestra madre estaba agotada, triste, ausente, o aprendió a querer desde la distancia. No porque no nos quisiera, sino porque a ella tampoco la miraron así. Cuando ese valor incondicional no llega, queda un hueco. Y pasamos años intentando llenarlo donde no se puede: en la aprobación de los demás, en logros que nunca bastan, en metas que al alcanzarlas se vuelven ceniza. Buscamos por la puerta de lo que hacemos algo que solo se da por la puerta de lo que somos.

Otras veces la mirada no falta: pesa. Sentimos que se nos miraba, sí, pero para que cumpliéramos un sueño que no era nuestro, para llenar un vacío de ella, para ser su orgullo. Nos vieron, pero no por lo que éramos: vieron lo que podíamos representar. Aquí el valor incondicional fue sustituido, sin maldad y muchas veces sin conciencia, por un valor de uso. Dejamos de ser fin para volvernos medio. Y quien de niña o de niño aprende que vale por lo que aporta crece hasta volverse una persona siempre atenta a no decepcionar, que se mide, que rinde, incapaz de creer que la seguirían queriendo si un día dejara de servir.

Los mandatos que respiran por dentro

Hay todavía una tercera capa, más sutil, y es la que mejor explica por qué cuesta tanto soltarse.

Junto a la mirada heredamos un guion: cómo hay que ser para esta familia, qué papel nos toca, qué está permitido sentir, qué se hace y qué no se hace, qué promesas calladas hay que cumplir. Ese guion no se dice casi nunca en voz alta. Se respira. Y termina operando por dentro como si fuera nuestra propia voz, hasta el punto de que confundimos un mandato heredado con un deseo propio.

Lo más difícil de esta capa es que se disfraza de lealtad. A veces, sin saber bien por qué, sentimos que no tenemos derecho a estar bien. Como si crecer, ser felices, irnos lejos o vivir distinto fuera una traición hacia quienes vinieron antes y sufrieron. No es una deuda que firmamos; es una fidelidad callada a un ideal de cómo debe ser alguien de este linaje. Y nos sometemos a ese ideal aunque nos haga infelices, porque cumplirlo se siente como pertenecer, y no cumplirlo se siente como quedarse fuera.

Reconocer esta capa ya empieza a aflojarla. No hace falta cargar con un dolor que no es nuestro para honrar a quienes lo llevaron. La verdadera lealtad no es repetir su sufrimiento: es atreverse a interrumpirlo.

No es solo cosa de dos

Es fácil pensar que todo esto se juega solo entre la madre y su hijo o su hija. Pero rara vez es cosa de dos. Para salir de esa órbita y dar el paso al mundo, casi siempre hace falta una tercera presencia: alguien o algo que abra la puerta hacia fuera, que nos diga con su sola existencia que hay vida más allá del vínculo con mamá.

Esa función puede encarnarla un padre. Pero también una abuela, una maestra, una amiga de la familia, un oficio que nos apasionó, un libro que nos cambió, un primer amor, un deseo propio que tiró hacia fuera. Lo importante no es quién lo hizo, sino que alguien o algo nos tendió ese puente hacia un mundo donde valíamos por lo que éramos y no por nuestro papel en la familia. Cuando ese puente faltó —porque no hubo nadie cerca, o porque quien estaba también vivía dentro de la misma niebla—, es comprensible que nos quedáramos en la órbita materna más tiempo del que nos hacía bien. No fue debilidad nuestra. Fue, sencillamente, que nadie nos enseñó el camino de salida.

Ella también es parte de una cadena

Mirar a nuestra madre con compasión no significa negar lo que dolió. Significa ampliar la foto. Esa madre que sentimos asfixiante, o distante, muchas veces solo está repitiendo lo único que conoció. A ella tampoco la miraron por lo que era; a ella tampoco le dieron permiso para ser del todo ella misma. No supo darnos un valor incondicional porque nunca lo recibió, y nadie reparte lo que no tiene en las manos.

Cuando vemos eso, algo se ablanda. Dejamos de sentirnos víctimas de una persona y empezamos a reconocernos como personas adultas que, sabiendo de dónde vienen, pueden elegir caminar distinto. No para arreglarla a ella. Para liberarnos, y de paso, para no entregar a quien venga después la misma herencia.

Aprender a sostenernos

Salir de la fusión no es dejar de querer a nuestra madre. Es aprender a sostenernos por dentro: darnos por fin esa mirada que nos faltó o que nos pesó.

Eso tiene un nombre concreto en el terreno del valor: recuperar la valoración intrínseca. Volver a tratarnos como un fin y no como un medio. Dejar de necesitar la aprobación de fuera para sentir que valemos, porque empezamos a saber que valemos antes y al margen de lo que rindamos. Volver con ternura a esa criatura que se quedó esperando una mirada, y dársela ahora. Y aprender a distinguir, despacio, qué necesitamos de verdad y qué son mandatos que heredamos sin elegir.

Y aquí hace falta un cuidado, porque es justo donde el camino puede torcerse. Es facilísimo convertir todo esto en una nueva exigencia. "Tengo que ser independiente", "tengo que individuarme", "tengo que cortar con mi madre"... y entonces, sin darnos cuenta, cambiamos un ideal por otro: dejamos la lealtad a la familia para abrazar la lealtad a un nuevo modelo —el de la persona libre, autónoma, que no necesita a nadie— y volvemos a medirnos contra una vara que no damos. En términos de Hartman, seguimos dentro de lo sistémico: hemos cambiado de ideal, pero seguimos viviéndonos desde un "deber ser" en lugar de desde lo que somos.

La misma trampa, dos disfraces

Conviene añadir algo aquí, sin convertirlo en regla: aunque el mecanismo es el mismo para todos, suele vestirse distinto según el guion de género que nos tocó vivir.

A muchas mujeres, la cultura les ofrece hoy un molde nuevo y muy concreto: el de la mujer fuerte, independiente, "sanada", que no necesita a nadie. Es un ideal hermoso, pero puede volverse otra vara de medir: salir de la lealtad a la madre para entrar en la lealtad a la mujer liberada, evaluándose ahora por su autonomía como antes se evaluaba por su obediencia.

A muchos hombres, en cambio, la fusión casi ni se vive como problema, porque el guion masculino exige separarse pronto y "no necesitar a nadie" desde el principio. Entonces el vínculo no desaparece: se esconde. Se queda en el hijo que se vuelve el confidente de su madre, en quien huye hacia el trabajo y los logros, o en quien busca sin darse cuenta parejas que le devuelvan ese cuidado. Su modelo nuevo es el del hombre que se basta solo: una separación de fachada que tampoco nace de dentro.

En ambos casos el coste es el mismo —vivirnos desde fuera— y la salida también: no cumplir mejor el guion, sino poder dejar de cumplirlo.

Por tanto no se trata de cumplir bien el guion de la individuación, como antes cumplíamos el del hijo o la hija obediente. Consiste en poder no cumplirlo sin sentirnos culpables. En recuperar el derecho a existir por lo que somos, lo que incluye el derecho a hacerlo a nuestro ritmo, con avances y pasos atrás, sin plazo y sin perfección. Esto no es algo que haya que lograr. Es algo que, sencillamente, se nos permite.

El trabajo de toda una vida cabe, al final, en una frase serena hacia donde venimos: gracias por la vida que me diste; desde aquí, voy aprendiendo a caminar mis propios pasos. Sin portazo y sin culpa. Solo habitando, un poco más cada día, nuestro propio cuerpo y nuestra propia historia, hasta descubrir que nunca necesitamos que nadie nos diera permiso para valer. Que el permiso, en realidad, siempre fue nuestro.

Reflexión final

El permiso para valer, en realidad, siempre fue nuestro.

¿Quieres ver cómo aprendiste a valerte y qué orden sostiene tu vida hoy?

La Prueba de Valores de Hartman muestra cómo distingues y jerarquiza las tres dimensiones del valor —intrínseco, extrínseco y sistémico— en ti y en los demás.

Explorar el método
Zoom ilustración: joven que camina hacia la luz alejándose de la silueta materna